¿Por qué esa pasión por los animales? Un relato, una perspectiva

Los que me conocen un poco de mi pasión por los animales, sí, no los humanizo, sé lo que son, pero tampoco trato a los seres vivos como objetos al igual que no trato a las personas como animales. Hoy os dejo un cuento sobre esa pasión por los animales y los motivos que me llevan a quererlos. En «respira» solemos hablar de la vida, de emociones o de otras cualidades y hoy quería compartir esto con vosotros porque para mí, la vida con animales tiene mucho más de vida.

La vida de Josefa

Josefa nació en un pequeño pueblo de León. Era la mayor de 4 hermanos, se casó muy jovencita con Ramiro, un carpintero que le juró amor eterno. Así fue, cuarenta años de feliz matrimonio, con sus momentos no tan felices pero un fiel compañero, al fin y al cabo.

Decidieron que en León capital tendrían más oportunidades de prosperar, así que, recién casados pusieron rumbo a la capital. Allí, Ramiro montó un pequeño taller de carpintería y Josefa, se encargaba de ayudarle en los ratos libres que le dejaban sus dos hijos, dos chicos que Josefa se encargó de educar, cuidar y mimar. Cuando terminaron de estudiar, los dos se marcharon a Madrid en busca de mejores oportunidades laborales.

Los años pasaron y con ellos, la vida de Ramiro terminó apagándose. Josefa se quedó sola, con sesenta y cinco años y dos hijos en la capital.

Un buen día, su amiga Marga, con la que tomaba café dos veces por semana, le habló de la posibilidad de adoptar un perro.

—Charo tiene uno que le han regalado sus nietos, uno de esos peludos pequeñitos que casi te caben en el bolso y está encantada.

—Yo estoy muy mayor para eso Marga, los perros son una responsabilidad y ahora dónde voy con un cachorro que me llene la casa de mordiscos y pises.

—¡Pues no cojas un cachorro!, mi nieto comparte en Facebook protectoras y está lleno de perros buscando casas.

—No lo sé Marga, la verdad es que no lo termino de ver. Un perro es una responsabilidad.

—Sí, y también te hace compañía Pepa, vives sola, tus hijos casi no vienen a visitarte y desde que no está Ramiro ya no sales como antes. Aún eres joven, mira a la Paca, 82 años y saliendo a andar todos los días por el parque. ¿Qué vas a quedarte todo el día encerrada?

—Si tienes razón… pero un perro, los animales son para el campo.

—Eso era antes, hay animales y animales, no vas a meter un perro grande en tu piso, pero uno chiquitín, yo te acompaño, hay una protectora a la que nos puede llevar Manolo. ¿Le llamo?—. Manolo era el marido de Marga, un hombre independiente y pasota que desde que se jubiló pasaba las horas en el bar viendo los partidos y tomando café. No obstante, a Marga le encantaba su carácter, consideraba que de ese modo era mucho más fácil convivir con él.

—¡Ni siquiera sé si quiero un perro! No le molestes lo pensaré.

—¡Venga que sí! así nos damos un paseo.

Marga llamó a Manolo y los tres, cogieron el coche rumbo a un pequeño refugio de animales abandonados a la salida de la ciudad.

El flechazo con poncho

El lugar contaba con jaulas al aire libre y casetas para los perros más delicados, les atendió una joven que, tras las indicaciones de Marga, ya que Josefa estaba poco entusiasta les acompañó dentro.

—Este es el perro que más se adapta a tus necesidades, tiene ocho años y es muy manso y tranquilo.

Aquella joven entusiasmada por los perros no paraba de dirigirse a ella, pero Josefa tenía la mirada unos metros más allá, donde un pequeño peludo de tamaño medio la miraba sentado desde la puerta de su jaula. Josefa se acercó a él dejando con la palabra en la boca a la voluntaria y se agachó con suavidad. El perro se acercó aún más a la jaula.

—Hola bonito y, ¿tú cómo te llamas?

El perro permanecía sentado moviendo el rabo y atento a sus palabras.

—Ese es Poncho, tiene siete añitos ya pero como me dijisteis pequeño.

Josefa entendió un poco cómo iba el tema de las protectoras, no se trataba de elegir si no, de ser elegida. Ellos eran los que generaban una química especial con su futuro compañero.

—Me llevo a Poncho.

Rellenaron los papeles y se lo llevó a su nuevo hogar, le preparó una camita al lado de la suya, unos cuencos y le compró de todo para que estuviera contento. Josefa comenzó a pasear con más frecuencia, a relacionarse con otros dueños y a disfrutar de la compañía de poncho.

Con los años, sus hijos cada vez pasaban menos tiempo en León y más en Madrid así que a lo largo del día salvo las quedadas con sus amigas, a las que también se lo llevaba, compartía su tiempo con él. Se entendían con solo mirarse, Poncho percibía cada uno de sus estados de ánimo, si echaba de menos a Ramiro se acurrucaba entre sus piernas. Si estaba triste le traía una pelota. Así pasaron los años, entre pelotas y zapatillas mordidas, entre paseos bajo la lluvia y atardeceres, entre risas y también gritos. Era un precio que estaba dispuesta a pagar por aquel compañero de piso.

Josefa se hacía mayor y Poncho comenzó a apagarse, aquella mañana lluviosa Josefa tomó la decisión de no verle sufrir, le llevó al veterinario y aguardó agarrada a su patita que consumiera sus últimos sorbos de vida.

Las razones de su pasión por los animales, conocerlos.

Marga apareció en escena y Josefa, descompuesta se abrazó a ella.

—No te he visto así ni con tu marido cariño, tranquila.

—Es difícil que lo entiendas porque no has tenido perro Marga —dijo entre sollozos—. Pero él era mi leal compañero, el único ser vivo que, a pesar de mis enfados o mis malos días, seguía ahí. El único que no necesitaba nada más que la compañía de esta vieja para ser feliz. No le importaba que le repitiera las cosas ochenta veces, me recibía con entusiasmo llevara un día o unos minutos sin verme. Es difícil que lo entiendas y sé que es un perro, pero habiendo tenido la suerte de cruzarme en su camino te diré que por mucho que nos encarguemos de educarlos, son ellos los que terminan dándote la lección. El amor, el cariño y la lealtad infinita existen aunque quizás no de la forma que esperamos los humanos.

3 comentarios en “¿Por qué esa pasión por los animales? Un relato, una perspectiva”

  1. Como siempre, me ha parecido un relato estupendo.
    Hay tanto que aprender de los animales… En este caso hablas de un perro,que son fiel reflejo de la lealtad, pero creo que en general, todos tendrían mucho que enseñarnos. Los animales no se hacen daño entre ellos por puro placer como hacen algunos humanos, no buscan ningún interés al entregar su cariño como hacen algunos humanos, no guardan rencor ni odian como hacen algunos humanos, no esperan nada a cambio de lo que ofrecen como hacen algunos humanos…..
    En el caso de los perros pienso que sólo les falta hablar para superar a los humanos. Son ejemplo de lealtad, de cariño, de generosidad, de paciencia, de docilidad….
    He tenido perro y se de lo que hablo.
    Gracias por tu buen hacer!!! Nuevamente pienso que lo que escribes y como lo escribes dice mucho de ti.

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    • ¡Por supuesto! hablo del perro porque he vivido desde el nacimiento hasta la muerte pero soy un amante de los animales en general y de casi todos se aprende algo. El problema es el concepto de humanización del animal o de la superioridad humana. Ambos extremos son malos, aprender de nuestro entorno es un regalo

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